Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Thursday, October 27, 2016

Un guerrillero de la filosofía

Thoreau, no es preciso decirlo, es un pensador del XIX. En él se encuentra ya prefigurado mucho de lo que Nietzsche diría para clausurar ese siglo. Como dice Marina Garcés, los filósofos de la sospecha --Nietzsche, Freud, Marx-- nos enseñan a pensar de otra manera, a desplazar la mirada para preguntarnos por la razón de ser de las leyes, los valores o las narraciones que orientan nuestras vidas. “Aparece una nueva técnica de interpretación de la realidad para la cual la verdad no es la meta sino precisamente el dato o el síntoma que hay que interpretar.” (123)

Cuando en Walden habla del carácter volátil de nuestras verdades, Thoreau utiliza una imagen brillante. Al sol, el calor que emiten nuestros cuerpos no se ve a simple vista, pero puede percibirse si reparamos en nuestra sombra, como una sutil reverberación en el aire que nos rodea. Así ocurre al hacer filosofía, cuando nos situamos dentro de “la perspectiva del futuro o de lo posible”. Dice Thoreau en Walden que en esa tesitura ya no tenemos certezas, sino que “deberíamos vivir con bastante laxitud e indefinición, siendo nuestro contorno borroso y confuso por ese lado, como nuestras sombras revelan una transpiración imperceptible hacia el sol”. Por eso “la volátil verdad de nuestras palabras debería mostrar continuamente la inadecuación del resto del enunciado.” El resto del enunciado es todo aquello que pensábamos ser pero no somos, todo aquello que antes pasaba por verdad pero ahora ya no lo es.

Lo que nos queda es un residuo de verdad pasado por la ciencia, y esta en el siglo XIX nos bajó del pedestal. Con todo, en Thoreau persiste el deseo de profundidad, de alcanzar una verdad en contacto con la realidad. Sólo que para ello hay que abandonar toda las certezas anteriores, incluyendo las pretensiones de la religión establecida, toda la charla social y global, todo aquello que hasta entonces se hacía pasar por cultura. Por eso hace el siguiente llamamiento en Walden (cito por la edición de Cátedra, que tienes sus problemas pero por hoy nos vale):

Situémonos, trabajemos y afiancemos los pies en el barro y el cieno de la opinión, y el prejuicio, y la tradición, y el engaño, y la apariencia, ese aluvión que cubre el globo a través de París y Londres, de Nueva York, Boston y Concord, a través de la iglesia y el estado, a través de la filosofía, la poesía y la religión, hasta llegar a un fondo duro y rocoso, que podamos llamar realidad, y digamos: éste es, sin duda, y luego, con un point d’appui, bajo crecidas, escarcha y fuego, busquemos un lugar donde poder construir un muro o levantar una propiedad, o colocar con seguridad un farol, o tal vez un indicador, no un Nilómetro, sino un Realómetro, para que las épocas futuras conozcan la profundidad de la crecida de imposturas y apariencias de tiempo en tiempo. 

Como señala Garcés (sin referirse a Thoreau expresamente, pero todo el libro está situado bajo su admonición) con el siglo XIX aparece una “nueva profundidad”, no ya la que guarda las esencias o fundamentos de lo que vemos a simple vista (esa apariencia, esa certeza es lo que rechaza Thoreau) sino “la que esconde los conflictos, fuerzas, relaciones de poder, pulsiones y visiones del mundo en conflicto. Nuestras verdades son sus síntomas y, a la vez, sus herramientas de control. Por otro lado, este nuevo modo de interpretar el mundo pone en marcha un discurso que no pretende presentar una verdad transparente, adecuada y fundamentada. Si todo discurso es ya una interpretación de otras interpretaciones, sin origen ni término final, ¿qué objetivo puede tener entonces?” (ibid.)

Así las cosas, no es de extrañar que Thoreau no consiguiera del todo su Realómetro, a no ser que el texto mismo de Walden lo sea: un artefacto para medir la profundidad de una laguna cualquiera. Pero lo cierto es que Thoreau abandona la laguna y su casa, tal vez porque es ilusoria la esperanza de encontrar un lugar seguro “donde poder construir un muro o levantar una propiedad” al margen de los otros, aunque ese deseo de construirse un lugar así, una casa en Walden, haya perdurado en nosotros bajo diferentes formas de melancolía o nostalgia.

Si leemos entre líneas, Walden está lleno de esos momentos de lucidez en los que Thoreau reconoce que el suyo es un experimento que no puede funcionar sino es como un mero episodio, un experimento filosófico de dos años y pico deliberadamente dirigido a proporcionarnos una iluminación, no una certidumbre, mediante una racionalidad que no es ya fundamentadora sino “crítica, terapéutica y transformadora”, en palabras de Garcés: “Ya no se trata de adecuar nuestros conceptos a la forma del mundo, sino de entrar en guerra contra el presupuesto que sostiene que el mundo tenga que tener una determinada forma.” (ibid.) Esa es la guerra en la que Thoreau todavía puede dar más de una batalla. Un combate a la intemperie que Garcés describe como una “filosofía de guerrillas, contra el purismo y el aislacionismo disciplinar” (86).


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