Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Sunday, November 22, 2015

Coceando a Thoreau

Me pasan un manuscrito para revisar, una traducción de fragmentos del diario de Thoreau, y en seguida me encuentro con un caballo. En el pasaje del 30 de abril de 1856, el traductor ha escrito “cabalgando” cuando Thoreau dice “rode by the same place on the morning of the 28th”. El lugar al que se refiere es la granja de Tom Wheeler, que está muy cerca del ferrocarril (lo acabo de ver en este mapa de 1906), así que tras una consulta con mis colegas de la Thoreau Society no tengo dudas: hay que sustituir “cabalgando” por “en tren”. Afortunadamente la frase queda bien: “cuando pasé en tren por este mismo lugar”, y el cambio no afecta apenas a las galeradas.

El despiste es comprensible porque en inglés se usa el mismo verbo para ir a caballo, en tren o en carro. Pero, ¿cómo vamos a poder traducir bien un texto del XIX si nuestros referentes norteamericanos de este tiempo son sólo las películas de vaqueros? Aunque su relación con el tren es ambivalente (como dijo en Walden, “no montamos en el tren; el tren nos monta a nosotros”), Thoreau lo utilizaba con frecuencia. Y en los lápices que producía junto con su padre aparecía como propietario de la modesta fábrica familiar, pero Thoreau no poseía más medios de transporte que sus piernas. En una carta a su amigo Harrison Blake (16-11-1857), se jactó de cabalgar montañas en lugar de caballos. Y en el libro en el que más útil podría ser un caballo, la exploración de Los bosques de Maine, sólo aparece uno, el de uno de sus compañeros. Pero a continuación, en el capítulo sobre Chesuncook, Thoreau declara que “no conozco a ningún caballo, ni siquiera al que me coceó”...

Sunday, November 15, 2015

Regreso a Walden

Cuando The New Yorker publica “La escoria de la laguna” [Pond Scum], un artículo sobre la “miopía moral” de Thoreau, uno sabe que ha llegado el momento de volver a leer Walden y de escribir en este blog. El artículo conjuga los sospechosos habituales: escapismo, frialdad, inmadurez; Thoreau juega a las casitas [Cabin Porn]. Y omite las verdaderas razones para leerle: no como guía moral, sino como ejemplo de en qué consiste la ética: fundamentalmente, en encontrar una vía para conocerse a uno mismo, que no para otra cosa se fue Thoreau a Walden. Porque, y esto no ha cambiado desde los tiempos de Marco Aurelio, el diario sigue siendo la herramienta para practicar la escritura de sí y la atención a lo que nos rodea.

A la periodista del New Yorker le repetiría lo que me dijo Stanley Cavell una noche de julio de 2008 en Brookline, Boston. “Compared to Thoreau, Heidegger is a vulgar philosopher.” Todavía no sé dónde puso el énfasis, si en vulgar philosopher o en vulgar philosopher. Dependiendo de eso, Heidegger sería sólo un vulgar filósofo, y Thoreau algo más, o simplemente un filósofo vulgar, y Thoreau un filósofo especial. Habrá que seguir leyendo para saberlo.


Saturday, November 7, 2015

Leer con niños

Aunque se note poco aquí en el blog, no por menos escribir he dejado de leer. Estos días estoy  aprovechando cada resquicio para entrar y salir en este Leer con niños, el libro de culto de Santiago Alba Rico que acaba de ser reeditado por una casa grande, Random House. Mientras avanzo en la lectura voy dejando tuits como las migas de pan de Pulgarcito.



Hay que leerlo entero para entender cabalmente el párrafo que voy a copiar, pero puede funcionar como resumen del libro. Cojan aire porque va de un tirón:

A Don Quijote no le volvieron loco los libros sino el hecho de no haber empezado fuera de ellos y de no haber salido nunca de ellos. Hay en nuestros días algo quijotesco, sí, en la defensa elitista en el pasillo de la literatura y sus tesoros como ámbito cerrado de reproducción endogámica: nos apetece, claro, leer un libro que nos haga leer otros libros y, llegado el caso, escribir uno nuevo, pero el fracaso melancólico de este esfuerzo, en medio de los bombardeos y los gags, no hace sino evidenciar la fragilidad y dependencia de su autonomía. Nos apetece también leer un libro que mantenga a raya a los enemigos, que nos dé tiempo para frenar el tiempo de los solteros, que contenga tanta realidad y tan insoportable que nos ponga en acción, pero de nada sirve lanzarse al camino si no tenemos compañeros. ¿Para qué sirven los libros? A los casados para reafirmar sus compromisos. ¿Para qué sirven los libros? A los solteros para disolver con más placer sus ataduras. Los libros no son ni fábricas de solteros ni fábricas de casados y de nada vale por tanto ni quemarlos (como hacen el cura y el barbero en el capítulo VI del Quijote) ni protegerlos, como a osos polares o derrotados apaches, en las reservas de nuestras escuelas, nuestras bibliotecas y nuestros ministerios de Cultura. Los cuarenta mil títulos nuevos cada año --sólo en España-- son perfectamente compatibles con nuestra cordura nihilista, alimentada por el mismo sistema que engrasa nuestras imprentas. Para salvar los libros, como para salvar a sus lectores, se trata menos de leer que de restablecer el tiempo del relato: el del cuidado de los niños, el de la atención, la memoria y la espera. Para salvar los libros, como para salvar a sus lectores, se trata menos de relatar que de restablecer desde fuera la diferencia entre el orden del Relato y el orden de la Realidad, de reordenar ininterrumpidamente la frontera, borrada materialmente por la repetición indiscernible de la guerra y la mercancía, entre la realidad y a ficción. La demarcación y mantenimiento de esa frontera, dentro y fuera del libro, sólo puede ser una obra colectiva, como sólo colectivamente se puede construir una ciudad o apagar un gran incendio. Entonces la lectura, como en la bella metáfora de Penélope, será también una acción y la acción, a su vez, nos enseñará también a leer. Entonces los lectores y los actores podrán alternarse en las trincheras para mantener siempre encendidas las calderas y contagiar, extender y conservar la manía social de las naranjas, el vicio común de las luciérnagas, la blasfemia colectiva de la memoria, el escándalo público de la piedad, la locura compartida --en fin-- que llamamos realidad.

Santiago Alba Rico
Leer con niños (Mondadori, 2015), 252-3