Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Sunday, April 8, 2018

Amb Marina Garcés

Conservo con afecto esta fotografía del pasado diciembre en La Central del Raval, Barcelona, con la filósofa Marina Garcés. Ambos comenzamos la licenciatura el mismo año y compartimos algunas referencias, no demasiadas, y tal vez por eso no me canso de aprender escuchándola. Fue una alegría poder compartir la mesa con ella y cuadrar un diálogo con Thoreau y Diderot como puntos cardinales.

Ya se ve en la foto que al acto no le faltó soltura ni convivialidad, pero también percibí, en mí y en la compañía, seguramente también entre el público, un profundo cansancio a la vez que un rescoldo de energía latente. El 2017 fue un año duro para todos. Esa noche no hablamos de política pero intuí que Marina estaba buscando tiempo para escribir y que en algún momento tendríamos ocasión de leer algo certero sobre lo que estaba y está ocurriendo en Barcelona y en el mundo. Y, en efecto, este fin de semana he podido hacerlo. Su nuevo libro, Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg), es un relato de los últimos veinte años, una autobiografía intelectual y política que no es individual, sino colectiva, retratando ensayo tras ensayo un nosotras en el que nos reconocemos incluso quienes apenas hemos tenido trato con la ciudad o con su cronista.

Entretanto había leído Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017) y me decepcionó la jugada con la que Jesús Zamora Bonilla lo interpreta en Mapping Ignorance, usándolo como representante de cierto pensamiento apocalíptico que pretende refutar a mayor gloria del optimismo (también ilustrado: lo cortés no quita lo valiente) de Steven Pinker. Es justamente lo contrario. Este ensayo de Marina es breve y programático, pero cualquier cosa menos pesimista: no se opone a la modernidad y el progreso; lo que se propone es devolverles el espíritu antidogmático, suspicaz e inquisitivo de la Ilustración con el que se iniciaron. Si Marina describe con tonos sombríos eso que ella llama la condición póstuma no es para defenderla o regodearse en ella, sino todo lo contrario: para afirmar a continuación que la principal tarea del pensamiento crítico hoy es “declararnos insumisos a la ideología póstuma” de los agoreros del fin del mundo (Nueva ilustración radical, p. 30).

Todavía estoy rumiando Ciudad Princesa y hoy sólo puedo recomendarlo con todas mis fuerzas, que últimamente (como puede verse en la frecuencia de entradas en este blog) no son muchas. Para hacerlo, y buscando ser útil a mi entorno de estudiantes y colegas, copio aquí algunos pasajes que por su relación con la universidad y la cultura me parecen especialmente valiosos y aplicables a otros lugares además de Barcelona. Pero hay mucho más...


[…] en un mundo material y socialmente tan interdependiente, ¿qué función tienen las instancias de proximidad, ya sean instituciones, entidades o colectivos? Pienso que principalmente es una: recoger y concretar la dimensión colectiva de la vida, cuando ésta se nos presenta como un ente abstracto del que cuesta tener una experiencia directa. Todo depende de todo y nada está de principio a fin en nuestras manos, pero la relación concreta con la vida como un problema común es la condición mínima para entender el sentido profundo y completo de nuestra interdependencia. No podemos hacernos cargo del planeta y sus habitantes, humanos y no humanos, si no tenemos percepción directa de nuestra vida juntos, que siempre es parcial y concreta. Sólo por ello es necesario cuidar y mantener la implicación cercana, la acción directa y los vínculos vivos. […] Sean grandes o pequeñas, las ciudades tienen hoy múltiples escalas, ritmos y dimensiones, y nuestras vidas políticas y culturales tienen que aprender a enlazarlas. (67)

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[…] las instituciones públicas no son del Estado o de las élites culturales, sino del conjunto de la sociedad, en todas sus expresiones disonantes e irreductibles. Ante esta constatación, quizá la verdadera insurrección institucional que tenemos que llevar a cabo sea ésta: hacer hoy verdaderamente público lo público, independientemente de su titularidad. (117)


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[…] sostener ya no significa simplemente aguantar. Quien sólo se propone aguantar, acaba haciéndose de piedra o rompiéndose. Muchas veces, demasiadas, las vidas comprometidas acaban siendo vidas dogmáticas o vidas quemadas. Y de las vidas quemadas se derivan las peores reacciones: el cinismo, la amargura, el egoísmo y el resentimiento. Sostener no es aguantar, pues, sino poder continuar. La continuidad puede ser dura de mantener, pero no es rígida. Implica acoger y recoger, soltar y retomar, aprender y comprender. En el mundo del management y de la gestión emocional tiene mucho éxito la imagen de vivir como surfear las olas. Es una buena imagen del valor emprendedor de la adaptabilidad: poder caer sin tocar fondo, remontar para triunfar. Pero entrar y salir no es surfear: es aprender a ser, nosotros mismos, oleaje. (129)

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La universidad, como institución, impone muchas distancias a la convivialidad necesaria para el aprendizaje. Antes lo hacía a través de la distancia jerárquica y el trato frío y ceremonioso con el profesorado. Actualmente, a través de una gestión complicada de los espacios y de los tiempos que tiene como consecuencia que todo el mundo en la universidad esté produciendo (algo, ¿qué?). cada uno por su lado, en lugar de estar aprendiendo juntos. Hay un roce del pensamiento que actualmente puede tomar muchas formas, tanto presenciales como virtuales, pero que igualmente necesita de una condición indispensable para que el saber no quede reducido a mera información: poder construir juntos los contextos y las relaciones de aprendizaje. No tenemos que renunciar a ellos, ni siquiera en la universidad actual. (130)

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La confrontación puede llevar a la derrota, pero la falta de cuidado aboca a la impotencia, lo que es mucho más grave y destructivo. (170)


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[…] fuera de los ambientes académicos, que cada vez son más asépticos, crecen los espacios de pensamiento, de lectura, de creatividad y de trabajo colaborativo en torno a la cultura y a las ideas. El deseo humano de saber, de comprender y de preguntar creo que es como aquello que nos enseñaban de la energía: no disminuye, sino que cambia de lugar cuando las condiciones la asfixian. En este tránsito, las universidades, que están en el corazón de cierta idea de Europa, están perdiendo lo más vivo del saber, que es el deseo de aprender. Si quieren sobrevivir como centros creativos de los saberes de nuestro tiempo y no sólo como empresas del conocimiento especializado y aplicado, las universidades tienen que encontrar las vías para volver a conectar con este deseo y con las múltiples formas de expresarlo y de compartirlo. (188)

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Me gustaría poder decir que esta ciudad a la cual vuelvo
es una ciudad donde la cultura es el verdadero medio, el ecosistema vivo donde se desarrolla y se impulsa la vida colectiva, pero no lo puedo decir porque siento que no es así. En Barcelona, como tantas otras ciudades del mundo, lo que llamamos cultura se ha convertido en un producto festivalizado, vinculado al consumo y al turismo. Pero la cultura es otra cosa, es la posibilidad de relacionar, con sentido, los saberes y la vida, lo que sabemos y lo que queremos. No nos hace falta ser un Manhattan mediterráneo ni encontrar, en un parque temático, todas las culturas del mundo, como pretendió el Fórum Universal de las Culturas en 2004. Si queremos ser una ciudad de cultura, es mucho más importante que la educación funcione y abra caminos no tan sólo para entrar al mercado laboral sino para aprender, juntos, a vivir. La cultura es precisamente eso: aprender juntas a vivir. (249)



Friday, December 15, 2017

Pensar con Thoreau (7 tesis)

[Preparé estas notas para la sesión “Filósofos al cuadrado” que compartí con Marina Garcés en La central del Raval. Falta lo mejor: el diálogo con Marina, que presentó a Diderot. Partimos de su común condición de paseantes y de autores que, por situarse fuera del dispositivo “autor”, no imponen una obra a quien lee, sino que ofrecen una singularidad, su peculiar manera de vivir y pensar sus vidas. Más que un pack de verdades a las que suscribirse, lo más vivo de Diderot y Thoreau no es el contenido teórico que proporcionan, sino sus modos de acercarse a las cosas y seguir pensando a partir de las conjeturas que suscitan.]

Pensar es pensar con otros. Con los vivos, con los muertos, y con esos muertos que están vivos. En mi caso, uno de ellos es Henry D. Thoreau. ¿Qué pasa en tu propia trayectoria filosófica cuando vas de la mano de alguien como él, que no es canónico en tu entorno y a menudo ni siquiera le reconoce como filósofo? No estar en el canon supone estar en los márgenes o en la periferia del conocimiento. Aparentemente, Thoreau es alguien que “hizo cosas”, alguien que construyó una casa en Walden y escribió un libro homónimo, no alguien dedicado a la filosofía. Pero, naturalmente, Thoreau sabía muchas cosas, como la zorra de Arquíloco. Lo que ocurre es que no sólo sabía, sino que hacía; no entendía el conocimiento fuera de la práctica o la acción, no separaba el conocimiento de sus cuidados o condiciones materiales.

Thoreau se encuentra vinculado a la filosofía de una manera dual: no sólo vía la cultura académica u oficial (la “alta cultura” que recibió en Harvard), sino también mediante lo que podríamos llamar “cultura silvestre” (la cultura montaraz o “gramática parda” producto de sus caminatas), que no siempre coincide con la cultura popular pero que la incluye de cierto modo. Por lo tanto, una primera respuesta a mi pregunta es que el efecto de pensar con Thoreau es doble: vincula la filosofía con la escritura, como práctica de autoconocimiento; y vincula la cultura con el autocuidado como práctica de la libertad (el cultivo o cuidado de sí, tal como lo entendían los estoicos primero y luego Foucault).

Presentarse como filósofo es audaz, aventurado, pero al mismo tiempo humilde: no se trata de saber, sino de atreverse a salir en busca del conocimiento (“si quieres ejercicio, sal a buscar las fuentes de la vida”, como dice en Walking). Aunque hizo suyo el lema emersoniano de “buscar una relación original con el universo”, Thoreau no reclama tanto la originalidad como eso que él llamaba sinceridad, el valor de hablar con una voz propia, algo que naturalmente es una voz plural, compuesta por miles de voces anteriores. Thoreau lo reconocía sólo a medias, manteniendo la demanda de sinceridad pero asumiendo que conlleva pagar cierto precio en excentricidad, pues cuando uno trata de ser completamente sincero se coloca en una situación incómoda, en una especie de distancia o exilio con respecto a la vida de los otros. Como dice en Walden, “exijo de todo escritor, antes o después, un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no sólo lo que ha oído de las vidas de otros hombres; un relato como el que enviaría a sus parientes desde una tierra lejana, porque si ha vivido sinceramente, tiene que haber sido en una tierra lejana para mí.”

Hacer filosofía supone para Thoreau asumir que la verdad está “ahí fuera”, en una tierra lejana a la que hay que peregrinar partiendo de lo conocido, conveniente o familiar. En su ensayo sobre la desobediencia civil, Thoreau habla de “aquéllos que no conocen fuentes más puras de verdad, quienes no han rastreado su curso a más altura”. Esos están con la moral establecida —y están prudentemente, dice Thoreau—, con la Biblia y con la Constitución. “Pero —añade— aquéllos que contemplan de dónde gotea el agua a este lago o a ese estanque, se ciñen los lomos una vez más y continúan su peregrinación hacia el manantial.” ¿Qué es el manantial? La agencia humana autónoma e interdependiente. Esa soberanía individual consciente de que su autonomía se sostiene gracias a su entorno, y por eso se dice en Walden que “actuar colectivamente responde al espíritu de nuestras instituciones”. Así, al final del ensayo Thoreau habla del respeto a los derechos humanos, y de corregir el “verboso ingenio de los legisladores del Congreso” mediante “la oportuna experiencia y las quejas efectivas del pueblo”.

El transcendentalismo americano estaba influido por el romanticismo europeo, e indirectamente por Kant. Por eso para Thoreau la verdad no sólo está “ahí fuera”, las estrellas en lo alto, sino también “aquí dentro”, la ley moral en mi corazón, en mi conciencia. Dado que hay que combinar los dos enfoques, los datos de la experiencia con las categorías trascendentales que nos permiten conocer el mundo, sólo mediante la autoobservación construiremos o alcanzaremos ciertas intuiciones. Por eso Thoreau trabajó de una manera dual, introspectiva y extrovertida, declarándose “natural philosopher” (aunque en su tiempo esa expresión denotaba también lo que hoy llamaríamos un científico) al tiempo que consideraba que la filosofía natural (ciencias) y la filosofía moral y política (ética) no eran actividades separadas o incompatibles.

Este carácter dual de su filosofía me parece especialmente contemporáneo. Como no voy a poder reducir su pensamiento a una sola tesis, me limitaré a señalar siete características que, a mi juicio, hacen de él un filósofo de la cultura dual, aunque no un filósofo canónico u ortodoxo. Pues lo interesante no es introducir a Thoreau en el canon y leer su obra como si fuera literalmente un manual a seguir. Esa es, de hecho, la mayor traición que podríamos hacer a quien escribió lo siguiente: “No quisiera que nadie adoptara mi modo de vida por causa alguna, pues además de que antes de que lo hubiera aprendido podría haber hallado otro para mí mismo, deseo que haya tantas personas diferentes en el mundo como sea posible; pero quisiera que cada uno fuera muy cuidadoso en descubrir y seguir su propio camino, y no el de su padre o el de su madre o el de su vecino.” (Walden)

Primera tesis. Thoreau escribía, literalmente, para pensar. El pensamiento era para él una facultad “más valiosa que el más precioso de los relojes de oro” (29 de julio de 1850) y una facultad ligada necesariamente a la escritura. La escritura, dice en su diario, era para él un recuento de su “afecto por cualquier aspecto del mundo. De aquello en lo que me gusta pensar.” (16 de noviembre de 1850). Pensamiento como reconstrucción afectiva del mundo y movimiento que nos traslada a algún locus amoenus, algún lugar donde vivir sea grato.

Segunda tesis. Thoreau no suele dar malas noticias y por ello su prosa transmite confianza en esa potencia movilizadora del pensamiento, pero también es consciente de que el pensamiento requiere condiciones materiales. Cuando se practican bien, la política y los cuidados son dos actividades orientadas a proporcionar esas condiciones y así preservar la vida. No la vida en general, sino la vida concreta de alguien, que nunca es sólo su vida, sino una vida vivida con otros.

La casa es el lugar de los cuidados, pero a Thoreau le preocupaba que la casa se comiera metafóricamente el resto de su vida. Por ello su programa en Walden fue algo así como reducir la casa (la economía, los deseos, la voluntad de poder) y ampliar el vecindario (la ecología, sensibilidad moral, la inclusión del otro) para así hacer posible el pensamiento. ¿Qué es, al cabo, pensar? Colocarnos en un lugar dónde no estábamos, en ese extrañamiento (unheimlich) cuyo objetivo no es tanto la felicidad como la apertura, el desplazamiento, la transformación.

Esta conversión, la metanoia de los antiguos, es una transformación necesaria para abordar la finitud, la impotencia, el fracaso, la negatividad, eso que llaman “el trabajo del duelo”. Esta es mi tercera tesis. Aquí y ahora, el pensamiento parece impotente para sacarnos de un presente exhausto en el que todo lo humano parece ya póstumo. Esto tampoco es nuevo. En 1854, el año en el que se publicó Walden, Thoreau ya coloca lo humano en el pasado; la posterior declaración por Nietzsche de la muerte de Dios no es sino otra manera de nombrar ese funeral por la humanidad, por los ideales y el proyecto emancipatorio de la Ilustración. Pero Thoreau no es fatalista y al acercarse a algún fenómeno natural el encuentro le devuelve la confianza en el mundo, afirmando la posibilidad de reconstruir el vínculo con los demás a través de una experiencia tan básica y a la vez tan fugaz o impermanente como observar una planta con todos los sentidos. Ese movimiento entre melancolía y la esperanza, entre el duelo y la confianza, es característico de Thoreau y también de nuestro tiempo, lo que nos lleva a la siguiente tesis.

Cuarta. Thoreau es contemporáneo porque se dio cuenta de que estamos cruzando las fronteras de la humanidad. Y no sólo nos proporciona ese mismo diagnóstico un siglo antes de la Gran Aceleración (la rápida transformación socioeconómica y biofísica a consecuencia del enorme desarrollo tecnológico y económico acontecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial), sino que también ofrece una intuición para combatirlo, la idea central de Walking: que “en lo silvestre se halla la preservación del mundo”. Dicho en otras palabras, que necesitamos lo no-humano para preservar lo humano.

Quinta tesis. Thoreau es contemporáneo porque es urgente, pero también porque es un clásico. No sólo de las letras norteamericanas, sino de las humanidades universales, el banquete y el combate de la cultura universal. Llamo universal a ese lugar desde donde podemos compartir las experiencias fundamentales de la vida a partir de cualquier lengua, cualquier cuerpo, cualquier casa, cualquier pueblo, siempre que en ese lugar se practique la atención plena, la lectura lenta o la escucha atenta. Esas experiencias fundamentales son los “essential facts of life” que Thoreau se propuso enfrentar en Walden (el lugar y el libro), buscando adquirir, elaborar y transmitir el fondo común de experiencia humana.

Sexta tesis: el pensamiento como poesía del movimiento. Ya he dicho que Thoreau no nos impone una obra, sino que nos presenta su vida: proporciona una perfomance, un artefacto artístico-científico, narrativo, más que una teoría o sistema. Como Diderot, otro singular ecléctico, Thoreau es un filósofo que camina y cuya obra no se acaba nunca, porque su pensar está en continuo movimiento. El suyo es un pensamiento que no se detiene en una estación final, sino que va transitando de una verdad a otra sin aferrarse demasiado a la coherencia, esa virtud que su maestro Emerson consideraba “la superstición de las mentes pequeñas”.

Séptima tesis. Thoreau es un pensador ecléctico, alguien que no se encadenó a ninguna adscripción filosófica o religiosa. Así lo confiesa en el diario: “No prefiero ninguna religión o filosofía. No simpatizo con el sectarismo y la ignorancia que hacen distinciones pueriles, momentáneas y parciales entre diferentes credos o formas de fe.” (Posterior al 26 de abril de 1850) Lo anterior no quiere decir que no intentase alcanzar cierta serenidad, cierto equilibrio. Para ello recurría tanto a lo que hoy llamamos ciencias como a lo que llamamos letras, porque “el filósofo contempla los asuntos humanos con la misma tranquilidad y distancia que los fenómenos naturales. El filósofo moral necesita la disciplina del filósofo natural [científico]. Quien está ejercitado en el estudio de la naturaleza goza de grandes ventajas para el estudio de la humanidad.” (6 de mayo de 1851)

Resumiendo, Thoreau vivió el pensamiento como escritura, como una reconstrucción afectiva del mundo y un movimiento que nos traslada a algún lugar donde vivir sea grato. Ante la impotencia del pensamiento para sacarnos de un presente que parece exhausto, propone una cultura como movilidad (“humanidades en transición”, en la fórmula de Marina Garcés), cuyo objetivo es transportarnos a otro lugar, movilizarnos, mediante un extrañamiento cuyo objetivo no es tanto la felicidad como la apertura, el desplazamiento, la transformación o conversión. En ese sentido, Walden es una crítica cultural a nuestra condición, una condición que está escindida, o en negación o en transición. El programa de Thoreau para esa transición consiste en reducir la casa y ampliar el vecindario para así hacer posible un pensamiento dirigido a los hechos esenciales de la vida. Uno de esas intuiciones básicas es la interidentidad o interdependencia: necesitamos lo no-humano para realizar y preservar lo humano. Thoreau es un filósofo contemporáneo porque es un clásico que encarna cierta innovación (trascendentalista, es decir, romántica o revolucionaria) frente a lo establecido, anticipando algunos desafíos que son hoy nuestros. Y porque lo hizo de manera ecléctica, sin reivindicar una doctrina filosófica en particular (lo que le permite ser hoy invocado por todas), enlazando saberes dispersos a ambos lados de la creciente brecha entre las dos culturas.


Thursday, November 23, 2017

Literaktum 17 (una transcripción parcial)

Arratsaldeon, eta eskerrik asko Literaktum jaialdiaren baitan saio honetara etortzeagatik. Saioa gaztelaniaz egingo dugu baina euskaraz hitz egin nahi baduzue, lasai bota eta itzuliko dizuegu.

Buenas tardes y bienvenidas a esta sesión del festival Literaktum en la que vamos a escuchar y a conversar con Sergio del Molino e Iván Repila. Quisiera agradecer a Donostia Kultura, en particular a Iñaki Gabarain y Arantxa Arzamendi, esta oportunidad de reunir a dos escritores tan interesantes y además de hacerlo en torno al tema con el que, a iniciativa de Iñaki, hemos titulado esta sesión.

Hijos de Walden. Como saben, este año se han cumplido dos siglos del nacimiento de Henry D. Thoreau, el escritor que relató en Walden su estancia de dos años en una cabaña a orillas de ese lago. Su vida y obra se han convertido en icono para diferentes movimientos que confluyen en lo que se ha dado en llamar neorruralismo, una corriente cada vez más visible en el panorama literario actual en castellano. Por mencionar dos editoriales que no están en la mesa, bastaría con hojear el catálogo de Errata Naturae o de Pepitas de Calabaza.

Contra lo que cabría esperar de esta sesión, encuadrada en el ciclo utópico del festival, Walden es lo contrario de una utopía: no sólo tiene un lugar (el Walden uno, publicado por Thoreau en 1854) sino varios, porque hay otros Walden: el dos de Skinner, el tres del psicólogo colombiano Rubén Ardila, el siete de Barcelona (Ricardo Bofill, aludido humorísticamente en El amante bilingüe de Marsé) y el ocho de Donostia (el kiosco de la Rosi, ahora al mando de Iñaki Albisu).

Naturalmente, Walden tiene relación con la literatura utópica y los movimientos emancipatorios del siglo XIX y XX y XXI. Thoreau publicó su ensayo sobre la desobediencia civil un año después de que Marx y Engels hicieran lo propio con el Manifiesto comunista. Esta sesión se encuentra pues enmarcada dentro de los temas del Literaktum de este año, el del pensamiento utópico, y por eso la hemos titulado Hijos de Walden, así indefinido, no porque Iván o Sergio lo sean especialmente, que ya veremos, sino porque todos lo somos un poco, en la medida en que esa idea del retiro campestre está inscrita en nuestra cultura.

Nuestros dos invitados son prácticamente de la misma edad y son ambos, además de escritores con una trayectoria bien sólida, algo así como trabajadores de la cultural. Como, dicho sea de paso, también lo fue el propio Thoreau, que escribía en revistas y organizaba actos culturales en su pueblo.

Iván Repila (Bilbao 1978) es escritor, editor y gestor cultural. Además de artículos y relatos, es autor de novelas como Una comedia canalla (Libros del Silencio, 2012); El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio, 2013; Seix Barral 2017), traducida a 8 idiomas; y la más reciente, Prólogo para una guerra (Seix Barral, 2017).

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista, autor de por lo menos 7 novelas entre las que destaca La hora violeta, por la que recibió en 2013 el Premio Ojo Crítico de Narrativa, y que también ha sido traducida a varios idiomas. Su última novela es La mirada de los peces y el año pasado publicó un ensayo, La España vacía, por el que ha recibido el Premio de los Libreros de Madrid.

Seguramente buena parte de ustedes están aquí por ese libro, al menos si se enteraron por la entrevista publicada ayer en el DV. Pero también hablamos de las novelas de Iván y Sergio, y de hecho el objetivo es centrarnos en lo que comparten estos dos autores en ese territorio abierto por Thoreau en Walden: un territorio marcado por la tensión entre la soledad y la comunidad, las condiciones materiales de la vida y la desesperación o el malestar en la cultura, la tensión entre lo contemporáneo y lo arcaico.

La muerte y la supervivencia son temas presentes en la obra de ambos, y esa es otra característica que comparten. Cierta intensidad y ambición de ir a por los grandes temas. No sé si os veis en la descripción, pero antes quería volver a lo del neorruralismo. Cómo os veis en la etiqueta; mi hipótesis (nada original) es que tiene su arraigo en los hijos del éxodo rural (bueno, yo soy uno de ellos y supongo que vosotros en parte también), tal vez por el efecto "vacaciones en el pueblo". Sergio habla de esto en unas páginas de La España vacía.

En una primera lectura me pareció que a Sergio le animaba la intención de salvar lo que haya de salvable de este desesperante país, ocupado desde hace siglos en aniquilarse a sí mismo sin conseguirlo. De encontrar razones para cierta confianza en un panorama, que como dice en las últimas páginas, ya empezaba a ser especialmente convulso. Pero siempre lo ha sido. En mitad del siglo XIX las noticias que llegaban a Thoreau sobre España tenían que ver con los temas de su libro, y por eso Thoreau ironiza sobre los periódicos, afirmando que para hablar de España basta con meter alguna corrida de toros, “intercalar a Don Carlos y a la Infanta, y tendrás una idea del ruinoso estado de cosas en España tan buena como la de los periódicos”.

Pero España no es sólo eso. También es la JAE y la Residencia de Estudiantes, o sea, la Institución Libre de Enseñanza y su “descubrimiento” del campo. Sergio habla del origen de la afición excursionista de Giner de los Ríos: “Venía de Alemania, donde se había empapado del romanticismo y de esa forma de nacionalismo que consiste en amar el país a través de la suela de los zapatos.” (135) De hecho, Thoreau opinaba lo mismo que Sergio: “el paisaje no está en lo contemplado sino en quien lo contempla. … Es el poeta quien inventa el paisaje y son los lectores, desde Madrid, quienes le dan el acabado mitológico que necesita.” (155)

Frente al deseo de volver que impregna la literatura de Proust (que leyó a Thoreau), la España vacía tiene grabado a fuego el deseo de huir del campo: “Gentes de paso, sin raíces, que surcan parajes extraños en busca de aventuras, nunca en busca del reconocimiento de sí mismos.” (190) Sergio encuentra en Valle Inclán “un arcaísmo estético absolutamente anclado en el presente”; y eso es algo que me parece también propio de los hijos de Walden. “Una forma de interpelar a lo contemporáneo subrayando todo lo que lo contemporáneo había destruido o quería destruir.” (203) De hecho, esa forma de interpelación me parece que está también en El niño que robó…, donde Iván enfatiza lo que podríamos llamar (siguiendo a Santiago Alba Rico en Ser o no ser un cuerpo), lo viscoso: el bosque, el humus, la tierra húmeda, la oscuridad del pozo, las bestias y la carne y su descomposición, todo aquello de lo que huimos desde el Gran Trauma.

Sunday, October 29, 2017

Thoreau y Cataluña: ¿qué diría Henry?

No quiero incurrir en anacronismos, pero me han hecho la pregunta y esto es lo que puedo responder. Sabemos que Henry David Thoreau pasó en la cárcel del condado, sita en Concord (Massachusetts), la noche del veintitrés o veinticuatro de julio de 1846. Se había negado a pagar su poll tax en protesta por la guerra con México, pero fue liberado cuando alguien pagó el impuesto por él (probablemente su tía Maria).

El 26 de julio, A. B. Alcott (el padre de Louisa May, la autora de Mujercitas) escribió en su diario que estuvo charlando con su amigo acerca de eso, y el propio Thoreau presentó su posición en dos conferencias en enero y febrero de 1848, cuyo texto no se conserva. Pero hay razones para pensar que lo dicho entonces se recoge con pocos cambios en “Resistance to Civil Government”, el texto que Thoreau publicó en 1849 y que apareció bajo el título de “Civil Disobedience” en 1866.

No obstante, algo se perdió por el camino. El trece de febrero de 1848, Alcott y Thoreau mantuvieron una conversación sobre asuntos de estado en casa de Emerson. Thoreau se encontraba en esas fechas preparando su segunda conferencia para el Liceo y Alcott anotó en su diario que entre otras cosas Thoreau “quería decir algo sobre el caso de Rhode Island”. ¿Qué caso era ese? Lo he contado en otro lugar pero lo traigo aquí de nuevo porque ilustra la clase de cuestiones que Thoreau tenía en mente al sentarse para escribir lo que con el tiempo se convertiría en el ensayo sobre la desobediencia civil.

Rhode Island es un pequeño estado de Nueva Inglaterra que fue el escenario de un polémico caso judicial a propósito de la reforma de su Constitución. La ley fundamental del estado se remontaba a la carta colonial de 1663. Dado su anacronismo, se intentó modificar la carta mediante el procedimiento instituido, pero los reformadores no tuvieron éxito, así que su líder (Thomas Dorr, un abogado de clase alta) convocó una asamblea constituyente en 1841 con el objeto de redactar una nueva Constitución. El gobierno hizo otro tanto. En el subsiguiente referéndum salió elegida la versión de Dorr, pero su partido no pudo tomar el poder. Hacia finales de 1842, los votantes aprobaron otra Constitución tan liberal como la de Dorr, con lo que la crispación se redujo considerablemente, pero un seguidor de Dorr, Martin Luther, denunció a un tal Luther M. Borden y a otros milicianos estatales por allanamiento de morada cuando cumplían la ley marcial impuesta por el gobierno establecido. Esta acción judicial planteaba la cuestión de cuál de los dos documentos, la vieja carta o la Constitución de Dorr, era más legítimo, y el caso alcanzó el tribunal supremo en enero de 1848. Daniel Webster abogó en defensa de Borden y del gobierno establecido.

En 1849 el Tribunal Supremo falló el caso Luther vs Borden a favor de la posición de Webster, pero las sesiones se mantuvieron durante 1848, justo cuando Thoreau tenía el borrador de su texto aún por publicar. Y sin duda tenía el caso en mente cuando dedicó sus párrafos finales a criticar a Webster, sin por ello dejar de reconocer sus méritos como jurista y orador. Pero Thoreau es un filósofo y lo que dice sobre Webster transciende el caso de Rhode Island y puede aplicarse a otros: “Estadistas y legisladores, al estar tan completamente integrados en las instituciones, nunca las ven de un modo claro y distinto. Hablan de movilizar la sociedad, pero carecen de punto de apoyo fuera de ella. Pueden ser hombres de cierta experiencia y discernimiento, y sin duda han inventado sistemas ingeniosos e incluso útiles, por los cuales sinceramente les damos las gracias; pero toda su utilidad y buen juicio se mueven dentro de ciertos límites no muy amplios. Tienden a olvidar que el mundo no está gobernado por la política y la conveniencia. Webster nunca va más allá del gobierno y por eso no puede hablar de él con autoridad. Sus palabras son prudentes para aquellos legisladores que no contemplan ninguna reforma esencial en el gobierno existente; mas para los pensadores, y para quienes legislan para todo tiempo, no da en el clavo ni una sola vez.”

Cuando se trata de hacer reformas esenciales, dice Thoreau, hay que fijarse en el origen de la legitimidad y no sólo en la conveniencia dentro del marco legal: “Aquéllos que no conocen fuentes más puras de verdad, quienes no han rastreado su curso a más altura, están —y están prudentemente— con la Biblia y con la Constitución, y beben de ellas con reverencia y humildad; pero aquéllos que contemplan de dónde gotea el agua a este lago o a ese estanque, se ciñen los lomos una vez más y continúan su peregrinación hacia el manantial.”

¿Cuál es el manantial? Una soberanía individual consciente de que, como se dice en Walden, “actuar colectivamente responde al espíritu de nuestras instituciones”. Así, al final del ensayo Thoreau habla del respeto a los derechos humanos, y de corregir el “verboso ingenio de los legisladores del Congreso” mediante “la oportuna experiencia y las quejas efectivas del pueblo”.

Eso es lo que, pienso, diría Thoreau sobre Cataluña: lo mismo que escribió entre 1846 y 1849. Lo que haría también lo podemos imaginar, y seguramente también lo podremos practicar.

Imagen: @edulartzanguren

Thursday, August 31, 2017

Etengabeko elkarrizketa bat

Irakurtzeak dena eman dit. Irakurri dudan guztiaren epilogoa naiz, letraz letra. Idazten dudanean, irakurtzeko denbora gutxi duen pertsona bat irudikatzen dut. Pazientzia gutxikoa, irakurtzeaz aparte hamaika gauza egin nahi, egin behar dituelako. Ohean, garraio publikoetan edo sare sozialetan irakurtzen duena, bateria gutxi duen e-book batean.

Irakurtzeaz aparte, noizean behin poemak idazten dituen morroia ere banaiz, hizkuntzarekin apur bat jolastea gustuko duena. Koaderno batean egiten dut lehenengo zirriborroa, eta gero etxean garbira pasatzen dut, asteburu eta oporretan, museoari bisita egitearen ordez, korrika egitearen ordez. Baina saiatu naiz inor ez aspertzen, idazlearenaz gain irakurlearen bizitza ere islatzen duen zerbait transmititzen. Biona den zerbait eraikitzeko saiakera da liburu bakoitza.

Lanarekin loturiko gauzak erdaraz idazten ditut gehien bat. Euskara, berriz, ez da niretzat obligazioa, debozioa baizik. Plazerarekin, familiako kontuekin, kultura garaikidearekin eta aisialdiarekin lotzen dut. Ertzetik bada ere, komunitate baten parte sentiarazten nau idazteak. Euskarazko nire poemak Angel Errori bidali nizkionean, berak idatzi zuen nire lehenengo libururako hitzaurrea, eta horrela bataiatu ninduen euskal literaturan. Idazlearen eta irakurlearen arteko hurbiltasun horrek erakartzen nau. Asko gustatzen zaizkit euskal literaturaren inguruan sortu diren elkarguneak: Eako Poesia Egunak, Literaturia, Hitzen Uberan, hainbat irratsaio,... Booktegi bera seinale ona da,  epe laburrean katalogo polita osatu baitu argitaletxe berri honek. Orain erronka du irautea, nire ustez euskal kultura hobeto definitzen duen aditza “iraun” baita.

2016ko poemak bildu ditut Booktegiko ale honetan. Donostian gertatutako pasadizo batzuk azaltzen dira bertan. 2016, soneto sukarrak jota eman nuen urtea: agian Shakespeareren urtea ere izan zelako, hasi nintzen sonetoak idazten eta ezin izan nintzen gelditu. Buruhaustea bada ere, muga baliabide bihur daitekeela ikasi nuen. Formak laguntzen duela idazten, makulua bailitzan. Hala ere, metrikaren eta errimaren mugak hautsi nituen noizean behin. Entresaka egin eta gero, liburu honetarako 26 soneto aukeratu ditut, bakoitza alfabetoko letra batekin lotuta. Kontraste gisa, alfabetoarekin zerikusia duen beste poema bat, oso berezia, gehitu nuen. Jean-Dominique Bauby-ren istorioa kontatzen du poema horrek, forma eta edukia bat eginda.


Hasiera askotan da zuzenean airean harrapatzen dudan zerbait, entzun dudan hitz edo esaldi bat, edo bizitutako esperientzia bat, onerako edo txarrerako emozioak astindu dituena. Kasu gutxi batzuetan, liburu edo filma baten emaitza izan da. Hala gertatu da Letraz letra liburuan: poema gehienak dira Italiarako bidai batean gertatutako esperientziak, bere museo eta hiriekin, bere filma eta liburuekin.

Bukatzeko: ahotsezko komunikazioan uneoro egiten ditudan ezinbesteko akatsak konpontzeko idazten dut. Oroimena aktibatzeko, hainbat gauza behar bezala gordetzeko. Beraz, esperientzia gordetzeko eta, aldi berean, esperientzia aldatzeko idazten dut. Oroimena egiteko eta oroimena zuzentzeko. Hemen kontraesan txiki bat dagoela jabetzen naiz. Literaturan kontserbadorea eta iraultzailea izan daiteke aldi berean?


Saturday, July 1, 2017

Los aperos y las vidas a la intemperie

Por una bondad del autor, que yo no merezco, esta primavera me llegó a casa el último libro de Miguel d’Ors, Manzanas robadas (Renacimiento).

Ya me tenía ganado sólo con ese título --con resonancias desde San Agustín a Joyce pasando, claro, por Thoreau--, pero un fin de curso más salvaje de lo habitual me ha tenido inhabilitado para la poesía y la correspondencia hasta prácticamente ahora, que comienzo a vislumbrar luz al final del túnel académico.

Pero no sólo eso. Le tengo mucho respeto a este libro porque me he leído todo d’Ors, a quien considero uno de los grandes de verdad, y este libro, que no es muy extenso, me parece el más perfecto y logrado de los suyos. No sé por dónde empezar.

En estos casos lo mejor es esperar y seguir leyendo. Y esta semana ha venido en mi ayuda un insospechado compañero de cama (o más bien de mesilla de noche): las Vidas a la intemperie de Marc Badal, unas modestas notas sobre el campesinado que no me cansaré de recomendar.

Explican mejor de lo que yo podria hacer la verdad y la melancolía que encierra este poema, "Los aperos", que copio aquí tal como apareció en la revista Fábula (a Thoreau, cuyo cumpleaños celebraremos pronto en Madrid, lo del “canto erguido de los gallos” le hubiera llegado al alma).


El mundo del campesino ha desaparecido. Ha dejado paso al mundo del que proceden los turistas.

Hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo. (155)


*

Convivir de forma tan natural con la incertidumbre llevaba de forma casi inevitable a la humildad. Dominaban a la perfección un sinnúmero de técnicas y oficios. Conocían su territorio al detalle, habían acumulado siglos de experiencia en un mismo lugar. Pero, a pesar de todo, nunca se atrevían a pronosticar qué sucedería esta vez. (165)


*

Aunque consideraran el trabajo como un valor supremo siempre se preocuparon por hacerlo lo más eficaz posible. No eran gentes aburridas que trabajaban para matar el tiempo.

Por lo tanto, lo hacían con sumo cuidado. Romper una herramienta implicaba un trabajo suplementario. Comprarla de nuevo, mucho más. Por eso el mejor amigo de los primeros agricultores modernos era el alambre. Con este hacían toda clase de remiendos a sus máquinas. Conservaban todavía el gusto campesino por arreglarlo todo. (188-9)

Marc Badal
Vidas a la intemperie. Notas preliminares sobre el campesinado (Campo adentro, 2014)

Thursday, June 29, 2017

Una casa en Kaxilda



Hoy presentamos Una casa en Walden con Esteban Zamora a las puertas de la Feria donostiarra. Si, como digo en el libro, cuatro son las virtudes cardinales de Thoreau --simplicidad, independencia, generosidad y confianza-- quise comenzar agradeciendo a Kaxilda la independencia que ha hecho posible encontrarnos en torno a un libro tan simple o simplón como este, a Pepitas la confianza con la que recibió la propuesta de su publicación, y a Koldobika Jauregi la generosidad a la hora de ceder para la portada la imagen de su propia casa en Walden.

No hay mejor resumen del libro que esa imagen, en la que se muestra una cabaña construida por un artista con sus manos cerca de su casa. En este caso se trata de Alkiza, donde ahora se encuentra el museo Ur Mara, pero podría ser cualquier otro lugar relacionado con la casa de Walden como icono universal y como experimento local. Thoreau era perfectamente consciente de lo mucho que significa antropológicamente la casa. Son muchas las líneas dedicadas a la arquitectura y a la economía (en sentido etimológico, las “normas de la casa”) y de ahí que en la dedicatoria de mi libro eligiera una frase suya que deberíamos entender en su literalidad: “la mayoría de los hombres parecen no haberse planteado nunca lo que es una casa”. La mayoría comenzando por mí, por supuesto.

¿Qué es una casa y para qué sirve? Henry David Thoreau, presunto ermitaño en Walden, escribió el 20/5/1860 a su amigo Blake: “¿de qué sirve una casa si no tienes un planeta tolerable donde plantarla?” Esta tensión entre lo local y lo global está en Thoreau y también en este libro, en el que el foco de la discusión va oscilando entre el gran angular del cambio climático a las microscópicas dificultades de traducción de una línea en Walden en el primer capítulo o de un poema contemporáneo en euskera como los que comento en el último.

Quienes conocen mis otros textos sobre Thoreau ya saben que he intentado combatir ese  estereotipo del ermitaño y sustituirlo por una visión de Thoreau más realista y más vinculada a su entorno social. Pero la imagen del ermitaño en Walden es persistente, en parte porque la prosa de Thoreau está imbuida de cristianismo (pero también de paganismo, nativismo y orientalismo) y también porque algo de jeremiada tiene su transcendentalismo o romanticismo, con todo lo que tiene de crítica al positivismo, al empirismo, al sentido común de la mayoría.

Pero ante todo quisiera presentar, en contra de esa imagen del ermitaño solitario, a Thoreau como pensador de la conectividad y la relación. Esa sensación tan thoreauviana de que el progreso material no lo es todo y que además tiene un coste en vida o vidas, es en el fondo una consecuencia de la capacidad de relacionar cosas: la frivolidad del norte con la esclavitud del sur, por ejemplo, o las aguas de Walden con las del Ganges, por poner otro sacado del libro de Thoreau.

En cuanto al mío, he intentando que que esos aparentemente diversos ensayos tengan cierto orden o coherencia interna. En realidad, todo él está montado en un triángulo entre Thoreau y la cultura contemporánea, conmigo como mediador y con Walden-Walden como dispositivo retórico o metáfora del lugar en oposición al no-lugar, de la misma manera que a Santiago Alba Rico le ha dado por hablar de los bares.

En la vida de Thoreau, la publicación de Walden marca un punto de inflexión, un fracaso editorial que se convirtió en éxito póstumo. El tema del fracaso, tanto individual como colectivo, y la confianza o esperanza de poder darle la vuelta, es otro de los temas del libro. Walden es, pues, un símbolo, pero lo importante en él no es la casa o la laguna, sino la libertad que proporcionaron para hacer un experimento, aunque sólo fuera para poder fracasar mejor.

Añadí unas notas de producción, capítulo a capítulo. Comenzar con un diario sería un disparate o un narcisismo imperdonable en cualquier libro que no fuese sobre Thoreau, que ya se disculpó por lo mismo al comienzo de Walden: “No hablaría tanto de mí mismo si hubiera otra persona a quien conociera tan bien. Por desgracia, estoy limitado a este asunto por la pobreza de mi experiencia.” Sea por mi falta de imaginación, porque todo lo que pongo sucedió exactamente así, o por esa desinhibición que llega con los años, el caso es que me he dado licencia para transcribir hasta los sueños, como el de la víspera de las últimas elecciones en la p. 22. No hace falta ponerse psicoanalítico para reconocer que los sueños hablan de nosotros tanto como la vigilia.

Thoreau también escribía sobre sus sueños. El 26 de octubre de 1851 comienza una larga descripción de uno de ellos así: “Me desperté esta mañana con una infinita nostalgia. En mi sueño había estado cabalgando, pero los caballos intentaban morderse unos a otros, causando un tremendo alboroto, una gran ansiedad, y mi tarea era separarlos.” La imagen de los dos caballos es ya platónica y hay quien ha visto en ella (en  la revista Nature, nada menos) un símbolo de la esquizofrenia entre el Thoreau científico y el Thoreau romántico, escindido entre las dos culturas.

En efecto, Walden es una investigación sobre nuestra condición, y nuestra condición está escindida, en negación o en transición. Thoreau se proponía “decir algo no tanto de los chinos y de los isleños de las Sandwich, como de vosotros, que leéis estas páginas y, según se dice, vivís en Nueva Inglaterra; algo sobre vuestra situación, en especial sobre vuestra condición exterior o circunstancias en este mundo, en esta ciudad”.
                  
Del tercer capítulo el final me sigue pareciendo de lo más logrado, con su referencia al mito de la caverna.  Pero, afortunadamente, como también digo en el libro, lo mejor de él siempre serán sus lectores. Me hubiera gustado que en la presentación participase mi amigo José Antonio Seoane, que me ha aclarado cosas del libro que ni yo mismo sabía al componerlo. Con su permiso copio unos pasajes de una carta: “El quid del libro es su relevante capítulo 4, el más breve, cuyo valor no radica tanto en su contenido cuanto en su inclusión. La referencia al paisaje abarca la preocupación ecológica y la preocupación estética, y sirve para reflexionar sobre la habitabilidad y la vida lograda. Todos estos temas convergen en un concepto clave: la salud, entendida como capacidad relacional. Si antes y después se habla de identidad y de su configuración sobria, se afirma aquí el rechazo de la autonomía ilusa y de la soberbia que instrumentaliza el entorno para un pírrico y egoísta beneficio personal. Es la confirmación de que la vida necesita la compañía de la belleza y de que apenas hay vida buena sin otros. No lo advertí en primera instancia, pero la relectura encumbró este capítulo, que es el eje del libro.”

Tenía mis dudas con ese capítulo, que fue el último en entrar, y más aún con el último, que fue el primero en ser escrito. Pero José Antonio me las ha quitado: “Si el capítulo 4 es el más importante, el mejor es el capítulo 7, con su panorama generoso, juicioso y personal de la comunidad lírica, un Walden o una Arcadia diseñados a partir de los argumentos de las páginas previas. Este capítulo revela el valor de la escucha, cuya dimensión política e individual a través de la actitud deliberativa y su uso como criterio de reconocimiento se exploran en el capítulo 6, que también anticipa la teoría poética desde la que se seleccionan los protagonistas del último capítulo.”

Reforzado por una apreciación tan generosa, a partir de ahí todo fue tertulia. Además de Esteban, ahí nos quedamos con Ekai Txapartegi y Marc Badal, Amaia García y Hanne De Jaegher, mientras pasaba la tarde y también algún chubasco.